Waldini Pizzería : rica opción
Buscando un nuevo lugar en donde almorzar tarde (en realidad muy tarde) tras un buen paseo en cleta, encontré una pizzería muy estilosa a la entrada de calle Constitución. A mi llegada, solo se escuchaba al interior el monólogo incesante de un mozo argentino que parecía amar escucharse y las mozas no se aparecían por la terraza en la calle en donde me había instalado.
Una vez que logré llamar la atención, una atenta chica me trajo la carta en donde claramente dominaban las pizzas rojas (al pomodoro) y blancas (sin salsa), ricas combinaciones de ingredientes que me tentaron rápidamente. Sin embargo, recordé que tenía un compromiso de cena en poco rato más (era harto tarde mi almuerzo) y por lo tanto, me fui por una que Focaccia Waldini, un exquisito pan con pasta de aceitunas, queso de cabra, salmón, ciboulette y berros.
El delicioso sandwich lo acompañé con un refrescante mojito, que me hicieron recuperar las calorías que gasté en 35 km de cleta disfrutados momentos antes.
Waldini es una delicia!!!, regreso prometido.
La Petite France : un biketrekking exquisito
Una mañana que me parecía fome, me iluminé con la idea de hacer un viaje en cleta tan lejos como fuera posible y que coincidiera con un buen sitio para almorzar rico. Esto, por cierto significaba dirigirme hacia la periferia de Santiasco y especialmente hacia el Cajón del Maipo.
Esta ciudad tiene la milagrosa virtud de estar rodeada por montañas y a poca distancia es posible disfrutar de un paisaje maravilloso y un clima propio de la cordillera y que hace increíble cualquier incursión. En cleta el asunto es un poco más complejo, pero no menos disfrutable.
Tras un avance de alrededor de 23 kilometros, llegué al lugar en que mi padre reposa de su viaje terrenal y me pareció un buen momento para conversar con él. Tras estacionar mi cleta, fui a comprobar las condiciones en que está su dormitorio, Al fin y al cabo estaba bien. Salí hacia los comercios callampas que están alrededor del cementerio y compré flores, aquellas que más me gustan y que estoy seguro que mi lindo viejo disfruta. Adorné la tumba de mi padre y mientras conversaba con él y nos poníamos al día de nuestras vivencias, reposé un buen rato.
Terminada la visita a mi viejito, seguí pedaleando por una buena cantidad de kilometros, me detuve a beber rico jugo de mote con huesillos (de hecho llené mi botella con jugo para disfrutarlo después), pasé por el Calypso, un restoran italiano exquisito que estaba llenísimo, luego el Ko, otro lugar que me gusta para finalmente llegar a La Petite France, un restorán con hotel que siempre apetece en el Cajón del Maipo.
Aunque estaba bastante lleno, ahí bajo los árboles del jardín había una mesa para mí. Puse mi cleta a un lado y bajo los árboles me dispuse a disfrutar un almuerzo campestre. Partí con un kir royale mientras revisaba la carta de menús del lugar. Me encanté con una ensalada de trucha ahumada que tardó un tanto en llegar. Los trozos de trucha estaban increíbles y decidí añadir una botella de agua mineral sin gas.
Posteriormente, solicité una merluza austral en salsa de camarones con couscous y espinacas a la crema como plato de fondo. La fórmula del lugar es un menú con varias opciones (hasta 4 por tipo), todas exquisitas de acuerdo a mis experiencias.
La oferta de vinos es un poco esmirriada, pero descubrí un sauvignon blanc santa digna 2007 que me servía muy bien para acompañar mi plato y no me equivoqué. Deliciosa combinación.
A la hora de los postres, el menú consideraba un delicioso helado de pistacho que no demoré en elegir y disfrutar. Como el servicio era bastante lento y me urgía volver a santiasco para otro placer, apuré el pago de la cuenta y las miradas agradecidas a la morena preciosa que me atendía.
Nuevamente abordo de mi cleta, un vertiginoso regreso a santiasco, a pesar del dolor muscular (siempre se me olvida elongar), hice un tiempo espectacular y llegué tras esos 87 kilometros a casa para una ducha reparadora.
Gran paseo, mejor biketrekking!!!
Un sábado de disfrutes sencillos : gran día
Hace tres semanas que miraba a mi adorada cleta estacionada en mi estudio y me sentía culpable por no haber salido a pasear con ella. Así es que este sábado era el momento adecuado.
Tras un desayuno frugal, mientras leía algunas revistas y escuchaba buena música, preparé lo necesario para una jornada con mi cleta. Salí rumbo a Providencia para hacer algunos trámites obligados y poco tiempo después ya estaba en la entrada de Pedro de Valdivia Norte, dispuesto a disfrutar un buen paseo.
Subí en el tiempo habitual hasta la cumbre, disfrutando ese aroma especial que tiene el cerro después de un poco de lluvia y con el clima delicioso de esta mañana. Los árboles se ven más verdes y hay una cierta luminosidad que me fascina, a pesar de la molestia ruidosa que supone el paso de algunos automovilistas que todavía insisten en ir a este cerro.
Ya en la cumbre, el premio habitual en la forma de un mote con huesillos, pero sin mote ni huesillos, ya que adoro más el jugo. Terminado el brebaje, me fui cerro abajo para conectar con el sector de la Pirámide y dar vueltas por esa zona, un regreso hasta la plazoleta para beber un rico jugo de arándanos, plátano y kiwi que me inventé con la complicidad del chico que atiende ese kiosco del lugar. De ahí una rápida subida a la piscina Antilén para admirar la vista y la soledad que hay en estos días en el lugar. Bajada vertiginosa hasta el cruce que me lleva otra vez hacia la cumbre del San Cristóbal, en donde el hambre me venció. Una rica empanada de pino vino a saciar mi deseo (me faltó una copa de vino).
La bajada perentoria pues debía llegar a tiempo a almorzar respondiendo al compromiso que había tomado con mi vieja. Por la tarde, tras un almuerzo pantagruélico y exquisito, era hora de ir al supermercado.
Hace casi un mes que no iba al supermercado, esperando que se renovaran los congelados, ¿porqué desconfío tanto de los mercaderes? (seguro que con terremoto y apagón, se rompió la cadena de frío). En fin, una larga pasantía por el Jumbo, para reabastecer mi despensa y mi refrigerador.
Ya en casa, me dediqué a uno de mis ritos especiales, preparar los congelados de mis ingredientes de cocina basados en verduras frescas. Una larga sesión de cortes y clasificación de pimentones, champignones, cebollines y otras verduras, que una vez congeladas serán mis suministros deliciosos para cocinar en forma eficiente.
En fin, solo me queda preparar mi mochila para salir mañana a la montaña. Gran sábado!!!
Encontrando el límite
Este domingo tenía previsto estar en la montaña, pero el paseo se funó por falta de quorum. ¡chilenos flojos!.
Agarré mi cleta cerca de las 11 de la mañana decidido a ganarme, superar mi barrera de los 20 minutos ascendiendo el San Cristóbal.
Llegué como siempre, tras 7 minutos de viaje a la base en Pedro de Valdivia Norte. Unos ejercicios de elongación, algo de solución isotónica para mi maldita transpiración y allá vamos.
Partí con una relación de 1:7 pedaleando raudo hacia el jardín japonés. Llegué con relación 1:5 ya que me estaba cansando mucho. Los cigarrillos y el trasnoche se hacen notar en un cuerpo de 46 vividos años. En fin, es lo que hay.
Hasta aquí iba con más de un minuto de ventaja respecto de otras ascenciones. Me apliqué en llegar a Tupahue antes de los 10 minutos y lo logré con creces. Bien!!!!!, dos minutos valiosos ganados.
De ahí en adelante, era solo mantener el ritmo y lo lograría, de hecho, estoy seguro que nunca había hecho tan rápido la cuesta de los afligidos, pasé a 5 ciclistas que morían en ese trance. Casi exhausto, continué en relación 1:5 en lo que quedaba, 18 Km/hr se veía muy bueno, considerando que solo quedaban menos de 2 Km. para la cumbre. La verdad, muy cansado, pero pedaleando, pedaleando.
Llego a la cumbre y Oh! decepción, una vez más llegaba en 20 minutos. Joder!!!!, se supone que debí llegar en 18 a lo más 19 minutos, pero el fatídico 20 se marcaba claramente en el reloj.
Definitivamente, llegué a mi límite.
Tranquilo domingo
Desperté un par de segundos antes que sonara mi despertador (no hay opción, sin despertador, sigo de largo). Las 11 de la madrugada, tiempo de desayunar e ir al cerro San Cristóbal. Alrededor de las 12 ya estaba pedaleando con esfuerzo en el kilómetro 2. Hoy me costó más que otras veces mantenerme sobre 10 Km/h en la subida. Me estoy volviendo viejo.
El mote con huesillos me supo especialmente agradable, una vez que me cambié de ropa (me saqué la polera empapada de transpiración) y pude recuperar el aliento. Algunas elongaciones, una barra de cereales y comencé a bajar. Que delicia, esa vertiginosidad del descenso me hace sentir libre, ingrávido y muy feliz. Casi colisiono con un ciclista despistado que se me cruzó cuando venía bajando al tope de la rapidez. Aunque mi compañera no me cree, he llegado a 54 Km/hr en la bajada, aunque mi marca habitual son 49 Km/hr.
Llegué a casa, una buena ducha, un avance de lecturas pendientes y me preparé para ir a buscar un buen lugar para almorzar. Alrededor de las 15:30 horas llegué a Bellavista a experimentar. Pocos restoranes abiertos y los que estaban abiertos tenían al chef con las zapatillas de clavos puestas. Al final, logré instalarme en el Bangkok, comida thai, delicioso. Un plato de camarones al curry rojo (picante y dulce por la leche de coco), con arroz al jazmín y una deliciosa botella de merlot reserva Santa Ema 2005 (como extraño el 2003). Los fuertes taninos, la madera y el sabor a vainilla (algo fuerte) y frutos rojos, dieron un buen maridaje a mi plato. No había nadie más, por lo que hasta pude fumar en el salón de no fumadores (privilegio interesante en estos días)
Por la ventana, observé largamente a unos tamborileros (en mi definición, un ser humano a un tambor pegado, con cuerdas para activar otras percusiones que le permiten bailar al son de su propia música). Son un encanto para los extranjeros y una fuente entrópica de ruido ambiental.
Me fui a patiperrear nuevamente con dirección al Centro Cultural Estación Mapocho, esperaba ver dos exposiciones. Al final solo pude ver una, Reminiscencias, un trabajo fotográfico nacido del erotismo y el amor de un fotógrafo por su musa. Buen montaje digital a partir de un formato analógico. Sigo pensando que el amor saca lo mejor del ser humano.
La segunda exposición estaba funada porque pasó una columna de manifestantes y tiró piedras al interior. Que lata, esperaba ver las fotos de multiples pajarillos de la Patagonia,
Finalmente, decidí marchar a casa para resumir estas experiencias y descansar.
Domingo de descanso
Desperté muy tarde, casi a las 15 horas, tras un sábado muy intenso. Necesitaba ir al cerro a botar tanta toxina acumulada, así es que tomé mi bici y oh sorpresa, tenía desinflado el neumático delantero. Pucha oh, debo haber pinchado ayer en el cerro, al menos eso pensé.
Me puse a desarmar la bici y tratar de cambiar la cámara (hace tiempo compré un repuesto y ahora sería la oportunidad de probar que era capaz de cambiarla). Fue un desastre, la cámara nueva no inflaba, parece que tampoco era la medida correcta. El asunto es que al final, me puse a probar la cámara supuestamente pinchada y parece que no lo estaba. Con paciencia, volví a montar la cámara antigua, inflé y me la jugué.
Subí hasta el jardín japonés cansado como bestia sin entender porque. Me bajé y comprobé que al poner la rueda quedó mal calibrado el freno y había subido frenado!!!!!!
Reparado el cuento, volví a la meditación del ascenso. Que maravilla volver a creer que mi estado físico no es tan malo.
Regresé a casa, ducha y a prepararme un rico almuerzo. terminé cerca de las 18:30 horas de alimentarme y de ahi me puse a reparar uno de mis notebooks. Quedó impecable
Ha sido un buen día de recuperación.
